El libro del Apocalipsis cierra el Nuevo Testamento. No es un texto fácil. El título significa revelación, y el autor quiere dar a entender las cosas últimas, el retorno de Jesús a la tierra, la derrota definitiva del mal y el surgimiento de un cielo nuevo y una tierra nueva.
En los años 81-96 d. C. hay persecuciones, y el clima de las comunidades cristianas es de miedo: ¿qué será de nosotros y del mensaje que se nos ha encomendado? ¿Por qué Dios no interviene?
En estas circunstancias, el autor es mandado al exilio por los romanos, a la isla de Patmos. Aquí tiene visiones y recibe la orden de escribirlas.
«Mira que hago nuevas todas las cosas»
El libro del Apocalipsis quería dar esperanza a las comunidades: a pesar de que el presente es difícil y el futuro incierto, al final el bien triunfará y Dios hará nuevas todas las cosas.
También hoy, «hay muchas tragedias, noticias tristes antes ante las cuales corremos el riesgo de acostumbrarnos. […] Pero hay un Padre que llora con nosotros; que llora lágrimas de infinita y piedad por sus hijos… Un Padre que nos espera para consolarnos porque conoce nuestros sufrimientos y nos ha preparado un futuro distinto. Esta es la gran visión de la esperanza cristiana, que se dilata todos los días de nuestra existencia y nos quiere levantar»[1].
«Mira que hago nuevas todas las cosas»
No podemos saber cuándo ni cómo sucederá esto, y es inútil querer indagar. Pero es seguro que ocurrirá.
«Las páginas finales de la Biblia nos muestran el horizonte último del camino del creyente: la Jerusalén del Cielo, la Jerusalén celestial, imaginada ante todo como una inmensa tienda en la que Dios acogerá a todos los hombres para habitar definitivamente con ellos (Ap 21, 3). Y esta es nuestra esperanza. Y ¿qué hará Dios cuando por fin estemos con Él? Tendrá una ternura infinita con nosotros, como un padre que acoge a sus hijos que durante mucho tiempo se han esforzado y han sufrido. «Esta es la morada de Dios con los hombres […] Él enjugará toda lágrima de sus ojos, y no habrá ya muerte ni habrá llanto, ni gritos ni fatigas, porque el mundo viejo ha pasado […] ¡Mira que hago un mundo nuevo!» (21, 3-5). ¡El Dios de la novedad!»[2].
«Mira que hago nuevas todas las cosas»
¿Cómo vivir la palabra de vida de este mes?
«Esta nos asegura que nos encaminamos hacia un mundo nuevo que preparamos y construimos ya desde ahora. O sea, es todo lo contrario de una invitación a despreocuparnos y huir del mundo. De hecho Dios quiere renovarlo todo: nuestra vida personal, la amistad, el amor conyugal, la familia; quiere renovar la vida social, el mundo del trabajo, la educación, la cultura, el tiempo libre, la sanidad, la economía, la política…, en una palabra, todos los sectores de la actividad humana. Pero para ello necesita personas que dejen vivir en sí misma su Palabra que sean su palabra viva otro Jesús en sus ambientes»[3].
Alice, una joven cristiana, comprendió que seguir su vocación requería un cambio profundo para permitir a Dios actuar plenamente en su vida y hacerla nueva. Como un don inmenso, tuvo la oportunidad de vivir una experiencia en la India. Allí saboreó una alegría auténtica y se sintió inmersa en la gracia de Dios, incluso en los momentos difíciles. Dedicó sus días a la oración, a la vida comunitaria y al servicio del voluntariado. Los niños del orfanato la impresionaron profundamente: aún sin poseer nada, mostraban un entusiasmo increíble y le enseñaron mucho de la vida. No fue un simple viaje, sino una peregrinación, un camino a base de «subidas y bajadas», en el que tuvo que «vaciar la mochila» y se encontró enriquecida y liberada
Augusto Parodi Reyes y el equipo de la Palabra de vida