Cuando intenta apoderarse de nosotros la desesperanza, incluso la indignación, viendo imperar las injusticias en nuestra sociedad, es hora de recordar que "lo que ha conseguido la victoria sobre el mal es nuestra fe". Solos, no; con el amor de Dios entre nosotros. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
Podemos vencer el mal; pero, antes de querer librar una guerra contra el mal que existe en el mundo que nos rodea, debemos vencer el mal que habita en nuestro interior. Es decir, puedo cambiar el mundo empezando por mí mismo. Me corresponde a mí vencer el mal con el bien, procurando amar más, servir más, ser más paciente y tolerante, y actuar con mansedumbre en cualquier situación, sin permitir que la violencia guíe mis pasos. Sembrar amor en todos los ambientes, cultivando la paz en mi propio corazón y en el de las personas que me rodean, para así cosechar alegría, serenidad, armonía y felicidad. Soy capaz de vencer el mal cuando dejo crecer el bien que existe en mi. Un abrazo, Apolonio Carvalho Nascimento
Puesto que llevamos dentro de nosotros una vida eterna, mejor no engreírnos con lo que es efímero y vivir todo (bueno o malo) con ese sentido de transitoriedad que nos hace sabios. El amor inteligente pone los pies en el suelo y la cabeza en el cielo. (Padre Manolo Morales o.s.a.)
Todo pasa: preocupaciones, logros, pérdidas, opiniones, bienes materiales e incluso situaciones que hoy parecen graves y mañana ya quedaran atrás. Es importante invertir en lo que permanece: el amor que ofrecemos, el bien que hacemos, la persona a la que acogemos, la amistad que cultivamos, la verdad que procuramos vivir y los vínculos que construimos. Dedicarse a aquello que no pasa es vivir el presente con la mirada puesta en lo esencial. Todo pasa, solo Dios permanece. Por lo tanto, nuestra elección principal debe ser esta: elegir a Dios como Ideal de vida. Hacer todo con Él, por Él y para Él, para disminuir la importancia de lo que pasa y dedicar más tiempo, energía y corazón a aquello que verdaderamente permanece: el amor de Dios vivido y compartido. Abrazos, Apolonio Carvalho Nascimento
Admitámoslo: en el panorama histórico en que vivimos y del que recibimos noticias cada día más alarmantes, esta Palabra nos parece casi desentonada. En efecto, todo nos lleva a desanimarnos, atrapados entre la inseguridad de situaciones que nos superan y expectativas de rendimiento que nos condicionan.
El Evangelio de Juan nos habla precisamente en un marco similar, con los apóstoles en torno a Jesús durante la última cena. En esta escena se suceden dramáticamente la fraternidad y la traición, la entrega personal y la oscuridad del mal. Jesús hace un último discurso para prepararlos a la prueba de la pasión, pero les asegura que volverá. ÉI mismo los pone en guardia: en el mundo podrán verse devastados por tormentas y desilusiones, pero en Él siempre encontrarán paz y vida plena. Sus palabras son una promesa que da esperanza:
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo».
Si las circunstancias externas y nuestras debilidades nos provocan miedo y sufrimiento, Jesús nos invita a confiarnos a Él, a reconocer también hoy los signos de su presencia en nuestra vida, para tener una mirada nueva sobre la realidad.
Escribe Chiara Lubich: «Si hay una realidad misteriosa en nuestra vida es el dolor. [...] Y en muchos casos, quienes tenemos al lado y nos quieren son incapaces de ayudarnos a resolverlo; sin embargo, basta con que alguien lo comparta con nosotros, incluso en silencio. Así lo hizo Jesús: se acercó a cada hombre y a cada mujer, hasta compartir todo lo nuestro. Más aún: cargó con todos nuestros dolores y se hizo dolor con nosotros, hasta gritar: "¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46). [...] Cada dolor físico, moral o espiritual me recuerda a Él, es una presencia suya, un rostro suyo. Puedo decir: "En este dolor te amo a ti, Jesús abandonado. Eres tú quien viene a visitarme y hace suyo mi dolor. ¡Y por eso te quiero, te abrazo!".
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo».
Si además estamos atentos a amar, a responder a su gracia, a querer lo que Dios quiere de nosotros en el momento siguiente, a vivir nuestra vida por ÉI, experimentamos que, en la mayoría de los casos, el dolor desaparece. Y es así porque amar atrae los dones del Espíritu: alegría, luz, paz»[1].
«¡Ánimo!: yo he vencido al mundo».
Incluso en los momentos de oscuridad, dejemos que sea Él mismo en nosotros quien venza al mal con el bien, quien supere la tentación de cerrar el corazón, quien se haga prójimo de los hermanos y les sirva con amor, tanto en las pequeñas acciones cotidianas como en el compromiso social a favor del bien común.
También el amor recíproco en la comunidad da testimonio de la cercanía del Señor y nos alienta. Es la experiencia del joven Javier, de la República Dominicana:
«Estaba visitando a mi primo y decidí trepar a un muro del patio, pero se me vino abajo y me aplastó la pierna derecha. En el hospital, les dije a mis padres que no podía soportar el dolor. Mi padre me dijo con delicadeza: «Es como compartir el sufrimiento de Jesús: intenta abrazarlo». Cuando me desperté, me di cuenta de que mi pierna ya no estaba. Al principio lloré mucho, pero poco a poco sentí una calma interior y confié en que Dios tendría un plan para mí. Gracias al amor y al apoyo de los jóvenes de nuestra comunidad y de otras personas de todo el mundo, ahora tengo una prótesis provisional, y dentro de unos meses tendré una permanente. La vida en casa ha ido volviendo a la normalidad. Ayudo en las tareas domésticas, estoy cerca de mi familia y he podido incluso terminar las clases con muy buenas notas. Todos, mi familia, mis amigos y el personal del hospital se han quedado impactados de la calma y de la actitud positiva que he procurado mantener».
Letizia Magri y el equipo de la Palabra de Vida
[1]C. Lubich, Palabra de vida de marzo de 2005: Palabras de Vida/2 (1991-2006) (ed. F. Ciardi), próxima edición.
Cuidar el amor en acciones, palabras, incluso pensamientos, es "cuidar la vida" e iluminarla. Descuidar el amor, sobre todo, a quienes servimos por deber de acompañamiento y orientación, es ser "ciegos guías de ciegos". Dios nos libre. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
Muchas veces realizamos nuestras tareas de forma automática: trabajamos, nos ocupamos de la casa, nos relacionamos con personas, tomamos decisiones, ayudamos a alguien. Pero podemos vivir cada una de estas acciones con una intención distinta: teniendo presente el amor. El amor se manifiesta en la atención a los pequeños detalles y también en la disposición para comprender a quien piensa de manera diferente a nosotros. Cuando anteponemos el amor a nuestras propias preferencias, dejamos de buscar solo lo que nosotros queremos y empezamos a buscar aquello que puede beneficiarnos a todos. Tener presente el amor significa recomenzar cada vez que nos damos cuenta de que hemos actuado movidos por el egoísmo, las prisas o la indiferencia. Podemos transformar incluso una tarea sencilla en una oportunidad para amar. Un abrazo, Apolonio Carvalho Nascimento
Todo cuanto sucede en nuestros pueblos y ciudades nos llama a participar plenamente como ciudadanos. Y, si no llegamos físicamente, por ejemplo, en las desgracias, el corazón reza, se conmueve y admira la ola de solidaridad de nuestra buena gente. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
Una ciudad mejor no depende solo de grandes proyectos o de decisiones tomadas por las autoridades. Comienza también en las pequeñas actitudes de cada persona. Muchas veces, esperamos que alguien haga algo para mejorar nuestra ciudad, pero olvidamos que nosotros también somos responsables de ella. Cuando cuidamos una plaza, respetamos una fila, ayudamos a alguien que lo necesita o evitamos actitudes que perjudican al entorno, estamos contribuyendo a una convivencia más humana y armoniosa en nuestra propia ciudad. Los pequeños gestos pueden parecer insignificantes cuando se realizan de forma aislada. Sin embargo, cuando muchas personas asumen la responsabilidad por el bien común, ellos adquieren una fuerza capaz de transformar la realidad de cualquier ambiente. Abrazos, Apolonio Carvalho Nascimento