Cuando vivimos por el bien común, los miembros más débiles son los predilectos. Como en la familia. Como ocurre en el cuerpo humano: ¿No lo ha organizado el Creador "dando mayor honor" a los miembros más débiles que nos son más que necesarios? (Padre Manolo Morales o.s.a.).
El Evangelio nos invita a mirar con atención y amor a los más desfavorecidos: los olvidados, los débiles, los pobres, los enfermos, los que cargan soledad y sufrimiento.
Acoger a los más desfavorecidos es reconocer la dignidad de cada persona. Es abrir un espacio en el corazón para quien a veces no encuentra lugar en la sociedad. Una mirada de respeto o un gesto de cariño pueden devolver la alegría y la confianza a quien se siente abandonado.
Cuando acogemos a los más desfavorecidos, superamos el egoísmo y descubrimos que el verdadero valor de la vida no reside en ser servidos, sino en servir. Dios se hace presente de modo especial en los pequeños y en los necesitados.
“El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí” (Mc. 9,37)
Abrazos,
Apolonio Carvalho Nascimento