Decírselo a Dios cada mañana para mostrarle que acojo la vida como venida de sus manos, es algo que costará o dejará de costar según yo le vea como el Señor Soberano a quien adoro, o como el Padre Omnipotente que solo puede querer el bien para mí. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
Decirle a Dios “Aquí estoy” es una actitud interior de constante disponibilidad. Es reconocer que la vida no nos pertenece enteramente, sino que es un don, una misión y una respuesta. No cansarse de repetir “Aquí estoy” significa renovar esta disponibilidad todos los días. Este “Aquí estoy” no se vive solo en los grandes momentos, sino también en los pequeños actos de fidelidad: en el trabajo bien hecho, en el amor vivido con paciencia, en el servicio silencioso, en la perseverancia en medio de las dificultades. Repetir “Aquí estoy” es, en el fondo, repetir: “Señor, cuenta conmigo, incluso con mis debilidades”. Y es precisamente ahí donde Dios actúa con mayor intensidad: no en la perfección, sino en la disponibilidad. Abrazos, Apolonio Carvalho Nascimento
Ese amor es la ley de la vida: en el matrimonio, en la familia, en una comunidad, en la sociedad... Cuanto más se propaga en el mundo el odio y la incapacidad de entenderse, más nos sentimos llamados por Dios a comprendernos y querernos. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
El amor mutuo exige equilibrio: dar sin anularse y recibir sin volverse dependiente. Es un encuentro de dos libertades que deciden caminar lado a lado con el compromiso de vivir el uno para el otro. El amor mutuo sostiene la comunidad, sana las relaciones y da testimonio al mundo. Cuando hay amor verdadero entre las personas, la fe deja de ser solo discurso y se convierte en vida. Es a través de este amor que el cristiano se convierte en signo de Dios en el mundo. No por cuánto sabe, sino por cuánto ama. En la vida cristiana, el amor mutuo no es solo una virtud deseable, sino un mandamiento central. Jesús no lo presenta como una sugerencia, sino como una exigencia fundamental para quien desea seguirlo: amar como Él amó. Abrazos, Apolonio Carvalho Nascimento
Desencantados de los sueños, los proyectos y los momentos fuertes de los días transcurridos con elMaestro, losdiscípulos de Emaús vuelven a casa para reanudar la vida que habían dejado, la de antes del encuentro con Él. Habían transcurrido apenas tres días desde su crucifixión, y la desilusión, el miedo y las dudas reinaban entre sus seguidores.
Se alejaban deJerusalén,del sueño no realizado, deCristo y de su mensaje,tristesporque ya habían tomado ladecisión de abandonar el proyecto queloshabía llevado a seguirlo.
Es la historia de todos nosotros cuando nos desencantamos de situaciones que nos plantean tomar una decisión en las encrucijadas, y en muchos casos nos parece que la única respuesta a nuestro malestar es volver atrás, renunciar y resignarnos.
«Quédateconnosotros,porqueatardece».
Durante el camino, un desconocido seune a los dos y parece ignorar los acontecimientosque acabandeocurrir. Comienza ahacer preguntasprecisas, las cuales desatan todalaamargurayeldesaliento. Primerolos escucha, y luego comienza a explicar las Escrituras: es un diálogo, un encuentro que deja huella; de modo que, aunque aúnnohan reconocido a Jesús, leruegan que se quede conellos por que cae la tarde. (cf.Lc 24, 17-29).
Esta es quizá una de las oracionesmás bellas que encontramos en el Evangelio.Eslaprimeraoraciónqueseelevadelosdiscípulos alResucitado,yesconmovedora esta invitación quetodos podemos dirigirle para que Él se quede con nosotros y entre nosotros.
Los ojos de los dos discípulos se abren al partir el pan, y la alegría de haberlo reconocido por fin los anima a volver a Jerusalén para anunciar a sus amigos la resurrección.
«Quédateconnosotros,porqueatardece».
«Quizá nada mejor que estas palabras explica la experiencia de vivir con Jesús en medio,quelas focolarinas hicimos desde elprincipio —escribe Chiara Lubich—. Jesús es siempre Jesús, y aunque esté presente solo espiritualmente, cuando está, explica las Escrituras y arde en el corazón su caridad: la vida. Cuando lo hemos conocido,nos lleva adecirconinfinitanostalgia: “Quédateconnosotros, Señor, porque atardece”; sin ti es noche oscura [...]»[1].
Lanocheessímbolodelastinieblas,delodesconocido, delafaltadeesaluzque no somos capaces de encontrar porque no creemos en su presencia, que sigue acompañándonos siempre.
Y nosotros ¿cómo darnos cuenta de la presencia de Jesús, que no siempre se manifiesta según nuestras expectativas? ¿Cómoentender queÉlcaminaconnosotrosyquierequereconozcamoslossignosdesupresencia?Ysobretodo, ¿cómocrearlascondicionesparaquesemanifiesteysequedeconnosotros?
Son preguntas alasque no siempre sabemos dar respuesta, peroquenospiden quenodejemos debuscar aJesús, que concentremos lamiradaenuncompañerodeviajealquemuchasvecesnovemos,quereconozcamosaAquel quepuede hacerse presente sivivimos entre nosotros elamor mutuo.
Elcamino de Emaús essímbolo de todos nuestros caminos, es el camino delencuentro con el Señor, es el camino que nos devuelve laalegría del corazón, que nos lleva de nuevo a la comunidad para dar testimonio juntos de que Cristo ha resucitado.
PatriziaMazzolayelequipodelaPalabradevida
[1] C. Lubich, Todos uno. Escritos espirituales/3, Ciudad Nueva, Madrid 1998, p. 70.
Podremos verlo solo al final del camino. Ahora nos conformamos con sentirlo. Y es bien posible, porque Él se deja sentir cuando le amamos con la fe del corazón. Y, si su amor circula de verdad entre nosotros, entonces el camino se llena de luz. (Padre Manolo Morales o.s.a.)
Sabemos por nuestra fe que Dios siempre está con nosotros, pero no siempre esa presencia está explícitamente manifestada. Jesús hizo una promesa que podemos experimentar sensiblemente, su presencia entre nosotros. Dijo: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos” (Mt. 18,20) Cuando nos amamos como Jesús nos enseñó, atraemos su presencia entre nosotros. Ya experimenté esta presencia y sus frutos, innumerables veces junto con mis compañeros de camino. La presencia de Jesús en medio nuestro, no es solo un objetivo, es el punto de partida: debemos hacer todo con Él entre nosotros. Abrazos, Apolonio Carvalho Nascimento
Pero no un amor cualquiera, sino un amor que tiene en cuenta que no somos perfectos, que necesitamos la mutua comprensión, el desprendimiento personal, la atención afectuosa... Nuestra unión será fuerte o frágil según sea el amor que ponemos. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
“En esto conocerán todos que son mis discípulos, en que se amen unos a otros” (Jn. 13,35) La comunidad no surge solo de la proximidad física, sino de la disposición de cuidarnos unos de los otros. Cuando el amor es el origen, la comunidad deja de ser simplemente un grupo de personas y se convierte en un lugar de encuentro, apoyo mutuo y crecimiento conjunto. Es en el amor que se aprende que vivir juntos no es solo convivir, sino construir un sentido para existir. Construir en el amor es saber que la comunidad no será perfecta, pero puede ser verdadera. La comunidad se convierte en un signo vivo cuando es un espacio donde Dios se hace presente a través del amor vivido entre hermanos y hermanas. Un abrazo, Apolonio Carvalho Nascimento
Estemos donde estemos y comoquiera que estemos, siempre tendremos un prójimo a quien prestar consideración. Eso nos libera de mirarnos en exceso a nosotros mismos y nos abre al encuentro con Dios, nuestro primer prójimo. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
“Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. (Lc. 14,11) Poner en relieve a los demás es un acto silencioso de grandeza. Es elegir iluminar en lugar de competir, reconocer en lugar de menospreciar, valorar en lugar de luchar por el protagonismo. El brillo del otro no apaga el nuestro; al contrario, amplía el entorno donde todos pueden crecer. Dar testimonio es tener la seguridad suficiente para no necesitar siempre ser el centro de atención. Quien aprende a poner en relieve a los demás descubre que el liderazgo no se trata de destacarse, sino de visibilizar a los demás. Abrazos, Apolonio Carvalho Nascimento