Después de hablar en parábolas a una gran muchedumbre a la orilla del lago Tiberíades, Jesús les explica a sus discípulos el sentido profundo de sus palabras.
Compara la Palabra de Dios con una semilla pequeña y frágil. Las piedras, las zarzas y las aves pueden impedirles germinar, echar raíces y producir espigas maduras, pero el sabio sembrador conoce su sorprendente vitalidad.
Con estas imágenes, Jesús revela la relación entre el hombre y la Palabra que Dios ofrece abundantemente, pero hay quien la acoge y quien la deja caer sin que dé fruto: en el corazón humano, la superficialidad y las excesivas preocupaciones materiales amenazan el milagro de la vida sobrenatural que Dios desea encender en sus criaturas.
También a nosotros, Jesús nos invita a entrar en el humilde misterio de amor de Dios y nos interpela: ¿qué terreno queremos ser?
«El que fue sembrado en tierra buena es el que oye la Palabra y la comprende: este sí que da fruto»
Escuchar y comprender: este parece ser el secreto que nos convierte en un terreno acogedor, donde la semilla de la Palabra puede expresar su fuerza y dar buenos frutos.
La escucha es el espacio espiritual para dejar entrar la vida de Dios, que siempre nos precede con su misericordia, con la paciencia del trabajador que conoce y respeta los tiempos de maduración.
Las palabras de Dios, escribe Chiara Lubich, «iluminan interiormente no solo la mente, sino todo el ser, porque son luz, amor y vida. Dan paz la que Jesús llama "mi paz" incluso en los momentos de turbación y de angustia. Dan alegría plena aun en medio del dolor que a veces atenaza el alma. Dan fuerza, sobre todo cuando sobrevienen el abatimiento o el desánimo. Nos hacen libres porque abren el camino de la Verdad. [...] También en nosotros debe nacer un amor apasionado por la Palabra de Dios: acojámosla atentamente…, leámosla, estudiémosla, meditémosla... Pero sobre todo estamos llamados a vivirla. [...] Al vivir una Palabra de Jesús vivimos todo el Evangelio, porque en cada Palabra suya ÉI se entrega por completo, viene Él mismo a vivir en nosotros [...] y sustituye nuestro modo de pensar, de querer y de obrar en todas las circunstancias de la vida»[1].
«El que fue sembrado en tierra buena es el que oye la Palabra y la comprende: este sí que da fruto».
Wambil de México nos cuenta: «Hubo un tiempo en que me sentía atrapado en un profundo agujero. Estaba inmerso en una relación violenta, trataba de huir y arreglarlo todo con mis fuerzas. Influido por las redes sociales y el ruido exterior, perseguía cosas que no estaban en el plan de Dios. A pesar de mis esfuerzos, me sentía vacío y sin una meta. Sabiendo que el amor es un lenguaje universal, me puse a hacer voluntariado, y encontré un modo de actuar que solo podía venir de Dios. Con profunda gratitud, descubrí un lugar donde escuchar su Palabra y crecer en la relación con Él».
Cuando nos sentimos tierra árida y pedregosa, la misma Palabra es eficaz, como revela el profeta Isaias: «Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, […] así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía sino que cumplirá mi deseo y llevará a cabo mi encargo» (Is 55, 10-11).
Sostenidos por esta esperanza, en un tiempo dominado por miedos y tensiones, cultivemos también la confianza en las mujeres y en los hombres con quienes compartimos la vida, capaces de dar buenos frutos y de crear ocasiones de escucha y diálogo, para caminar juntos hacia la fraternidad
Letizia Magri y el equipo de la Palabra de vida
Palabra de Vida se traduce a más de 90 lenguas e idiomas y se difunde por correo, prensa, radia, televisión e internet. En la página web del Movimiento de los Focolares se encuentra publicada junto con testimonios que son fruto de ponerla en práctica, También promueve con sus contenidos el diálogo sobre la base de la fraternidad. Se puede acceder a través de este enlace https://www.focolares.es/