La alegría, cuando es fruto de una vida basada en el amor, casi exige ser compartida, donada a los demás. No puede ser objeto de deleite egoísta.
La idea de experimentar la alegría para compartirla refleja un acto de generosidad.
Cuando cultivamos la alegría dentro de nosotros, ésta se vuelve contagiosa y se irradia a quienes nos rodean. Es como una llama que enciende otras sin consumirse jamás ni disminuir su propia luz.
La alegría compartida se multiplica y crea recuerdos que nos sostienen en los momentos oscuros de la vida.
Gestos de bondad, expresar gratitud, ofrecer nuestro tiempo, hacer pequeñas sorpresas, contagiar entusiasmo, compartir buenas noticias, contar historias divertidas o simplemente mostrar alegría sincera en momentos especiales.
Cada acto, por más pequeño que parezca, tiene el potencial de crear un efecto de avalancha de alegría a nuestro alrededor.
Abrazos,
Apolonio Carvalho Nacimiento
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