Al dedicar tiempo y atención a quienes nos rodean, sea por medio de la escucha, del cuidado o de la simple presencia, desarrollamos empatía, fortalecemos vínculos y cultivamos un sentido de propósito mayor: la fraternidad.
Sin embargo, es necesario encontrar un equilibrio. Cuidar a los demás no debe significar descuidarse de uno mismo. Al fin y al cabo, solo podemos ofrecer lo mejor cuando estamos bien interiormente.
Además, la medida del amor a los demás debe ser "como a uno mismo". Y esto también es una forma de equilibrio.
Cuanto más equilibrados y felices seamos, mejor podremos ayudar a quienes nos rodean.
Si queremos amar con perfección, debemos seguir la enseñanza de Jesús, quien nos dejó un mandamiento nuevo: "Ámense los unos a los otros como yo los he amado" (Jn. 15,12).
Abrazos,
Apolonio Carvalho Nascimento
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