Cuando, por ejemplo, perdemos la paciencia porque no conseguimos tener el control de los hechos, es como si abandonáramos (con una pizca de soberbia) la fe, nuestro "hogar interior". Luego recapacitamos, y resulta que Dios está a la puerta. (Padre Manolo Morales o.s.a.).
Dios nos espera con la paciencia de quien conoce nuestro corazón y sabe el momento oportuno para cada paso. Incluso cuando nos desviamos, seguimos llevando dentro de nosotros el eco de su amor, que silenciosamente nos llama de vuelta.
La espera de Dios no es pasiva; es una espera activa, llena de cuidados, de pequeñas señales en el camino, de puertas abiertas para el regreso.
Él no se cansa de creer en nosotros, incluso cuando dudamos de nosotros mismos.
Su espera es certeza de acogida: cuando finalmente volvemos a Él, no encontramos reproche, sino un abrazo que restaura la paz y nos devuelve el sentido de vivir.
Esta es la belleza del amor divino, un amor que nunca se rinde y que permanece firme, en la puerta de nuestro corazón.
Abrazos,
Apolonio Carvalho Nascimento
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