Hay quienes creen en su propia justicia y desprecian a los demás.
Esta parábola del capítulo 18 de Lucas, habla sobre la soberbia espiritual de una persona que se cree justa delante de Dios; y la humildad de un pecador que reconoce su culpa y pide perdón.
Cuando leo este pasaje del Evangelio, hago un profundo examen de conciencia: ¿con cuál de los dos me identifico cuando estoy delante de Dios?
Nadie sabe más sobre mis límites, mis defectos y pecados, que yo mismo.
Cuando practico la humildad delante de Dios, también puedo practicarla delante de las personas; no me pongo por encima de nadie. Porque, de hecho, todos somos vulnerables y sujetos al error.
Practicar la humildad es un arma poderosa contra el mal, porque quien es humilde, siempre está en compañía de la misericordia divina.
Los últimos, los humildes, serán los primeros en el Reino de los Cielos.
Abrazos,
Apolonio Carvalho Nascimento
Que no es cortedad ni apocamiento sino todo lo contrario: la clara conciencia de quién soy yo y quién es Dios. Son dones suyos mis méritos para servir a los demás. Modelo es la Madre del Cielo, al mismo tiempo humildad y grandeza. (P.M.)